Aspectos socio-culturales

La comarca de la Alpujarra de Granada posee uno de los legados históricos más importantes de la Península Ibérica, con innumerables vestigios de su poblamiento desde las tribus líticas que vinieron atraídas por la riqueza y abundancia de yacimientos metálicos y por las garantías de seguridad que ofrecía el sitio para defenderse, hasta los árabes que la dividieron en 12 demarcaciones o tahas, logrando una original agricultura de regadío utilizando sistemas de abalancamiento de laderas y sofisticados sistemas de riego. Todo lo anterior ha ido imprimiendo el carácter de sus gentes, la peculiaridad de su urbanismo, la integración de los pueblos en el paisaje, sus costumbres y tradiciones… que hacen de esta comarca una de las más demandadas por las nuevas corrientes poblacionales hacia el medio rural.

Los avatares históricos han dejado como herencia un impresionante patrimonio cultural rural, que se configura como un factor clave para dinamizar y potenciar el entorno socioeconómico, actuando, por un lado, como medio de atracción de personas, de capital y de actividades económicas sostenibles generadoras de valor añadido y empleo, y por otro, como instrumento de mejora de la calidad de vida en estas zonas.

En el año 1982 se declararon los municipios de Pampaneira, Bubión y Capileira como Conjunto Histórico Artístico, a la que ha hay que sumar la declaración como Bien de Interés Cultural de la Alpujarra Media Granadina y La Tahá (Resolución de 26 de octubre de 2005), ha supuesto un hito en cuanto a valoración y protección de los recursos culturales del territorio, que tiene por objeto «la protección legal de la variada tipología de elementos patrimoniales que se encuentran en el Sitio Histórico, con manifiestos y relevantes valores históricos, etnológicos, arqueológicos, arquitectónicos, industriales y naturales, que dotan al ámbito delimitado de un carácter singular y único que sólo puede entenderse dada su imbricación con el territorio donde se ubican”.

Es un indicador del incuestionable valor internacional de esta Comarca, siendo la décima Reserva de la Biosfera española de las 15 existentes en la actualidad en nuestro país; aunque otorgada al espacio de Sierra Nevada, la red mundial de Reservas de la Biosfera hace referencia a “zonas ecológicas representativas de las distintas regiones biogeográficas que constituyen espacios de gran diversidad biológica, con características naturales de gran interés científico o que representan ejemplo de paisajes en los que la modélica interacción hombre-naturaleza”, como es el caso del territorio que nos ocupa.

El atractivo turístico del paisaje alpujarreño se conforma básicamente por cuatro elementos básicos: la agricultura tradicional (bancales, balates, eras, balsas, acequias,…); los pueblos serranos (casas, fuentes, tinaos,…), el medio natural (bosques, fauna, flora, canchales, borreguiles,… ) y otros elementos puntuales (recursos históricos, monumentales, puentes, molinos, pequeñas centrales hidráulicas,…). El atractivo turístico del “paisanaje” viene determinado por los habitantes del paisaje y sus manifestaciones culturales: fiestas, folclore, gastronomía, artesanía.

La agricultura y las infraestructuras agrarias alpujarreñas se caracterizan por que el medio agrícola se ha ido adecuando al suelo, disponibilidad de agua y fisiografía (y no al contrario, como hace la nueva agricultura industrial no sostenible) a través de una penetrante participación del hombre. La construcción de bancales sujetados por balates de piedra hace que un territorio que sólo podría dedicarse a actividades forestales y/o ganaderas se convierta en una zona netamente agrícola. La pericia en la captación y reparto del agua de las cumbres hacia las zonas bajas permite desarrollar una agricultura de regadío de un nivel productivo imposible de mantener en base a las medianas-escasas precipitaciones de la comarca. La combinación de actividad ganadera y agrícola ha permitido mantener un nivel de fertilidad en los suelos que no tendrían por sus características edafológicas originales. El trabajo cotidiano de agricultores a lo largo de la historia y prehistoria de esta comarca ha hecho de esta tierra una fuente de productos agrícolas de alto interés, tanto en el ámbito cualitativo como cuantitativo. El mantenimiento de la población en esta zona repercutirá favorablemente en el mantenimiento del paisaje, entendido este como concepto global, ya que es el resultado de la interacción del hombre con el medio natural, hecho de especial importancia en una comarca con territorios declarados Parque Natural y Parque Nacional.

Los pueblos, por regla general, se adaptan a la geografía física, y como La Alpujarra es una comarca esencialmente montañosa, se disponen de forma escalonada y orientados al sur o a espacios abiertos, con la finalidad de aprovechar la bonanza climática del Mediterráneo (pueblos bioclimáticos y sostenibles.

La casa típica alpujarreña, igual que los pueblos, están especialmente adaptadas a las laderas y a las condiciones climáticas. Los materiales utilizados en las construcciones han sido la piedra, madera de castaño, nogal  y álamo, cañas, yeso, lajas de pizarra, y launa (una arcilla grisácea impermeable que cubre los terraos). El uso de estos materiales está condicionado por razones evidentes: aprovechamiento de los recursos disponibles  y las dificultades para transportar los materiales.

Las fiestas patronales que se celebran en cada pueblo de La Alpujarra,  las organizan  normalmente (exceptuando en los núcleos de población mayores que lo hace el Ayuntamiento) los denominados «mayordomos» que se suelen elegir cada año, y su función principal es conseguir que la fiesta sea mejor que la del año anterior. Además de las fiestas patronales existen otras dedicadas a otros santos, la del emigrante, la de los quintos, la del carnaval, etc.

En cuanto al folclore, existe una gran tradición por la música de cuerda (laúdes, guitarras y bandurrias), sobre todo en La Alpujarra más serrana, que se ponía de manifiesto en bautizos, bodas, comuniones, reuniones, pasacalles, rondas y serenatas, en las que se interpretan y se bailan pasodobles, habaneras, polcas, mazurcas, rumbas, etc. La manifestación más original es sin lugar a dudas, el trovo alpujarreño, herencia de los antiguos trovadores medievales: partiendo de un tema cualquiera, dos troveras/os cantan quintillas (estrofas de cinco versos, «más o menos» octosílabos) replicándose el una/o al otra/o; los versos surgen de forma espontánea, puesto que se debe proponer/rebatir lo que ha cantado el /la otra/o trovera/o, hasta que una/o abandona, pudiendo ser sustituido por otra/o.

La gastronomía es fruto de las diversas culturas que se han sucedido en el extenso solar de la comarca, siendo la época islámica la de mayor influencia, aunque también con trazas de los repobladores gallegos, navarros. Los platos alpujarreños se basan fundamentalmente en los productos agrícolas de la comarca.

La realización de labores artesanas en la comarca de La Alpujarra, no sólo ha sido una manifestación cultural del pueblo, sino que ha ayudado en gran medida a amortiguar los efectos negativos que producían el aislamiento y la autosuficiencia, a veces obligada, de los pueblos. Todo lo que un hogar necesitaba se podía manufacturar en la casa de cada uno o en talleres de la comarca: ropas, utensilios de cocina y agrícolas, muebles,… Sin embargo, como en otras zonas rurales de la Península, la filosofía del consumismo y la extensión de las redes de distribución de cualquier producto a cualquier rincón de la geografía y el pensar que los bienes de “fuera”  son de mejor calidad y sin defectos, han llevado a la práctica desaparición de muchas artesanías. Hoy día, debido esencialmente a la aparición de las nuevas corrientes turísticas y a los neorrurales, que estiman en gran medida los trabajos y el arte local, hay una paulatina recuperación de algunas de las labores.

En los telares alpujarreños se confeccionan tejidos combinando lana de diferentes colores en franjas horizontales de varios anchos y que pueden ser lisos o con dibujos que reproducen motivos populares: granada, gallos, flores, pájaros… Los más populares son las jarapas multicolores y las alfombras de «mota» cuyos diseños se remontan a la época árabe.

De la alfarería aún quedan algunos hornos de leña que se remontan a la época islámica, intentando recuperar en algunos talleres alpujarreños la cerámica de herencia nazarí, abarcando variedades como la andalusí, la de reflejo metálico, la de cuerda seca o la granadina; los colores más representativos son los verdes y azules con los que se trazan estilizadas líneas que realzan la silueta de la granada, pájaros y flores en la azulejería, cántaros, platos, jarras.

La mecanización de la madera ha llegado a las carpinterías de La Alpujarra, aunque aún quedan unos pocos artesanos que hacen mesas, sillas, alacenas, plateros, cantareras, etc. La artesanía del esparto actualmente la realizan algunos ancianos, más como una afición que para la obtención de rentas: hacen alpargatas, serones, espuertas, fundas para las botellas, paneros, etc. No hay que olvidar que en la Cueva de los Murciélagos se encontraron unas alpargatas de esparto de más de 6000 años de antigüedad, uno de los primeros calzados de la Humanidad. El trabajo de la mimbre pervive en manos de familias de etnia gitana, en la zona de Lanjarón, transmitiendo este arte manual de generación en generación: cestos, sillones, mesas, etc.

La Alpujarra Sierra-Nevada es un conjunto arquitectónico de gran valor en su totalidad, y que presenta características diferenciales según el municipio del que hablemos, con unos ecosistemas particularmente frágiles pero de enorme belleza.

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